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Nada profesional…

La función publica en tiempos de crisis

Publicado por Atenea en 11th marzo 2009

En línea con el post sobre el número de empleados públicos transcribo el artículo publicado por César Gavela en La Vanguardia de Valencia el 08.02.09.

Siempre que azota la crisis económica, siempre que los muy ricos empiezan a
ganar menos dinero que antes, aparece un grupo de señores de mando o de muy
alta obediencia que arremeten contra los empleados públicos.

El discurso es el mismo: sobran funcionarios. Y de ahí hay sólo un paso para
considerar no productiva la función pública. Cuando no parasitaria,
decimonónica, ridícula, ineficaz. Los funcionarios se convierten en carne de
cañón en el discurso neoliberal, tan desprestigiado él (y para siempre,
sospecho, tras la actual catástrofe financiera universal). Los funcionarios
pasan a ser, además, muy privilegiados: personas que tienen un puesto de
trabajo fijo. “Menuda suerte” dicen por ahí tantos de los que ganan
mucho más que los funcionarios y que, muy probablemente, tributan menos a
Hacienda que ellos.

Porque los empleados públicos tienen hasta su último céntimo controlado por
el Fisco, lo que está muy bien, sin duda; es algo democrático y deseable. Pero
igualmente lo sería que tantos ciudadanos que saben mucho de dinero negro
pagaran hasta el último céntimo de los euros que ingresan. Para que todos,
efectivamente, pagáramos menos. O lo mismo, y entonces habría más dinero en
poder del Estado, y menos nervios ahora que todo parece que se derrumba.

Cuentan esas gentes del poder económico -y muchas otras a pie de calle-, que
sobran funcionarios. Pero no sobran. Y unos y otros dicen
“funcionarios” en tono despectivo. Porque la palabra es algo tristona,
sí. Pero olvidan que en esos tres millones de empleados públicos que dicen que
hay en España, el 90% son médicos, enfermeros, maestros, profesores, bomberos,
policías, militares, guardias civiles, auxiliares de clínica, carteros,
ordenanzas… ¿Sobran muchas de estas personas? ¿Quién es el descerebrado que
lo sostiene?

Porque sucede justo lo contrario: hacen falta más empleados públicos. Entre
otras razones porque España ha aumentado en cinco millones de habitantes en lo
que va de milenio, y eso implica un 12% más de carga en la labor que el sector
sanitario, docente y de los servicios sociales públicos llevan a cabo. Faltan
funcionarios: su número no ha crecido en esa proporción tan intensa. Y el que
no se lo crea, que compare la ratio de funcionario por habitante de España con
la de Francia y muchos otros países europeos. Sólo en los estados más pobres
del continente, el porcentaje de empleados públicos es menor.

Cuanto más rica, justa y democrática es una sociedad, más funcionarios
tiene. Porque más protagonismo adquiere la acción pública. La del Estado, que
tanto nos conviene a todos. El benemérito Estado, que tanto aborrecían los
liberales que han arruinado el mundo, y en cuya solidez se amparan ahora. El
Estado, que en España conforman la Administración Central, la Autonómica y la
Local. Tan Estado es el ayuntamiento de Chiva como el ministerio de Defensa o la
lehendakaritza.

Pero los necios no quieren entender esas razones. Y hasta se atreven a ofrecer
estadísticas que muestran que cuando murió Franco, en aquella oscura España
clasista y liberticida, había muchos menos funcionarios que ahora. ¿Pero qué
servicios médicos había entonces, qué docencia pública, qué hospitales? Los
había, e iban mejorando; pero compararlos con la actual red de asistencia
pública es una broma. Y para atender esa demanda creciente de los ciudadanos
hacen falta muchos funcionarios.

Muchos médicos, muchos maestros, sí. Pero también hacen falta esos empleados
que tramitan expedientes. Que gestionan la Hacienda Pública o la Seguridad
Social, que tan notablemente funcionan, por cierto. Personas que han ganado su
plaza estudiando, esforzándose. Ellos no han alcanzado esa condición con la
facilidad con la que otros se han podido colocar en las empresas, en los
negocios familiares. No han tenido esa oportunidad. O han preferido la
independencia y la seguridad que la función pública favorece.

Los funcionarios no buscan una vida de grandes lujos y emociones. Están en su
derecho. Ellos viven de sueldos reglamentados, que llevan veinte años perdiendo
poder adquisitivo
. Como si tuvieran que pagar un precio adicional por la gran
prerrogativa de ser fijos.

La función pública está abierta a los ciudadanos. El acceso es libre, las
pruebas se basan en la igualdad, el mérito y la capacidad. Ciertamente, todas
esas personas que ganan tanto dinero cuando la economía va bien, podrían optar
por la función pública. Pero no lo hacen. Ellos prefieren las mieles, medios y
posibilidades del ámbito privado, y es una gran decisión. Pero si ahora las
cosas les van mal, y ojalá que dure poco esta catástrofe, no deben descargar
su estrés y sus impagos contra quienes sostienen el día a día de un estado
democrático y social de derecho que no deja de asumir servicios y de mejorar
sus prestaciones.

Los empleados públicos, por lo general, no quieren ser empleados privados; y
tienen todo su derecho. Porque es muy legítimo y honorable ganarse la vida
defendiendo los intereses de todos.

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