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Castillo de Neuschwanstein

Publicado por ildapena en 9th septiembre 2009

El Castillo de Neuschwanstein hoy

Siete semanas tras la muerte del rey Luis II, en 1886, se abrió al público el Castillo de Neuschwanstein. El rey, de carácter retraído, había construido el castillo para poder alejarse de la vida pública – lo que en su día fuera su refugio se ha convertido en un lugar principal de atracción para el público.

La idílica situación de Neuschwanstein es única. Sin embargo, se deben vigilar constantemente los movimientos en las zona de los cimientos y las escarpadas laderas tienen que ser aseguradas continuamente. También el duro clima ataca las fachadas de piedra caliza, lo que exige continuas medidas de rehabilitación.

Ninguna otra construcción como Neuschwanstein muestra tan claramente los ideales y anhelos del rey Luis II. El castillo no era un escenario de representación real sino un lugar de retiro. Aquí se refugiaba Luis II en un mundo imaginario – en el mundo poético de la Edad Media.

Los ciclos de pinturas de Neuschwanstein se inspiraron en las óperas de Richard Wagner, a quien el rey dedicara el castillo. De modelo directo para la decoración sirvieron no las obras de Wagner, sino las mismas  sagas medievales a las que había recurrido el compositor.

Las pinturas murales del castillo tienen como tema historias de amor, culpa, penitencia y salvación. Reyes y caballeros, poetas y parejas de amantes pueblan las habitaciones. Tres figuras son de central importancia: el poeta Tannhäuser, el caballero del cisne Lohengrin y su padre, el rey del Grial Parsifal. Estos fueron los modelos y los seres espiritualmente afines a Luis.

Otro tema principal en la decoración es el cisne. El cisne era a su vez el animal heráldico de los condes de Schwangau, de los que el rey se sentía sucesor, y el símbolo cristiano de la “pureza”, a la que Luis aspiraba profundamente.

En la concepción del castillo también jugaron su papel ideas políticas y religiosas, algo que se reconoce especialmente en la Sala del Trono. Las representaciones muestran aquí cómo se imaginaba Luis II una monarquía “por la gracia de Dios”: como mandato santo, dotado de un poder que nunca poseyó el rey bávaro.

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